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TRABAJO DE UN FRANCMASON EN EL MADRID DE HOY

Posted by Ricardo en 18 agosto 2009

Hoy día la Masonería sigue teniendo, en nuestro país, cierta connotación peyorativa, probablemente debido a la turbulenta historia que sobre ella se ha gestado. Sin embargo, si hablásemos de una escuela Zen o de las antiguas Pitagóricas, a casi todo el mundo le vendría a la cabeza una imagen de algo loable y digno del ser humano como modelo de aprendizaje y evolución. SIMBOLO MASONICO

No voy a tratar aquí de ofrecer una explicación ni visión de la masonería pero sí, a modo de curiosidad, reproducir algo a lo que normalmente no se tiene acceso: una PLANCHA.

Por este nombre se conoce al modo en que los francmasones realizan sus trabajos de aprendizaje y posterior reflexión, en donde podemos apreciar que no es más que un camino de perfeccionamiento inteligente de la persona, al margen de las interpretaciones oportunistas que sin saber normalmente, pretenden destruir en lugar de construir.

A quien le pueda servir aunque fuera a modo de curiosidad, esto es real en el Madrid actual. Se han omitido por respeto a su autor, datos identificativos. Espero que os guste:

MASONERIA

La cálida mano del Hermano asió la mía para conducirme hasta la Cámara de Reflexión como uno de los tres viajes que me mostrarían el camino que conduce a la Verdad, la primera prueba de mi Iniciación.

El olor a profundo, la tibieza de la humedad, me hacían percibir lo cóncavo en una sensación de completitud con su antagónico, el caparazón protector de lo convexo.

Me quedé sólo, conmigo mismo y un conjunto de objetos y símbolos circundándome; me limité a mirar todo lo que me rodeaba intentando aprehenderlo con la razón y con el corazón, una mezcla de voluntad y de quedar a su vez a merced de la corriente. El espejo fue lo primero en que reparé tras recobrar parcialmente el equilibrio físico-mental: mi rostro apareció ante mí mismo y pensé en las escasas veces que había reparado en mí, en mi propia individualidad, trayendo a mi memoria esa sensación amiga de vacuidad en la dimensión de la existencia humana.

La tenue luz del candelero me reconfortaba, recordándome el hogar, el calor del fuego, su fuerza transformadora. Estaba allí para renacer, bajando a lo más profundo para prepararme a una deseada renovación. Tras unos minutos en que mi consciencia se desplazaba no sé adónde, fijé la vista en la calavera: desnuda, limpia, recuerdos de lo que antaño fue e impertubable frente al tiempo, como existiendo para recordarme quién soy, mi viaje, la separación entre materia y mente y alma. Acaricié su superficie lisa y evoqué estar pasando la mano por mi propia cabeza, en definitiva no era y era yo mismo.

De repente mi alma se regocijó, ignoro el motivo, al contemplar la terna de tubos de ensayo conteniendo el mercurio, el azufre y la sal. Era como si se mostrara ante mí la alquimia misma, ese esfuerzo del hombre por comprender los elementos, por entender la esencia cambiante del Universo, por escrutar en lo incognoscible de la eterna permanencia e inmanencia de la energía y los espejos holográficos de sus infinitas manifestaciones; en cierto modo, anagogía que en un salto cuántico me situaba graciosamente en la idea de comprensión de lo incomprensible.

Debido a mi visión no demasiado buena, me costó sobremanera alcanzar la lectura de los mensajes plateados pintados sobre la negrura de las paredes, sorprendiéndome, ignoro porqué ya que no conocía su significado, la sigla hermética V.I.T.R.I.O.L.

El reloj de arena, el tiempo, me hicieron pararme a pensar sobre la relatividad de mi propia existencia volando el pensamiento a la tropelía en que la humanidad hemos convertido el concepto. De relativo a absoluto, dirige la vida, enaltece el sufrimiento en un ejercicio de extensión infinita y desaparece de forma efímera en los momentos de verdadera exaltación profana; es como si lo tratásemos por el revés, en un uso torpe e inapropiado de una inteligencia dada. Reflexioné sobre la tosca separación del mismo respecto del espacio en su utilización cotidiana, de la desprovisión de su sentido. En cierto modo, con ello hemos construido y seguimos haciéndolo, jaulas de oro.

Recobré aliento para acometer otra de las finalidades de este singular viaje del que, estoy muy seguro, extraeré las conclusiones más adelante, cuando mi progresiva instrucción me vaya permitiendo entender con más amplitud y de mejor manera; esa finalidad no era otra que proceder a la redacción de mi Testamento Filosófico.

Procedí, empapado por una multitud de sensaciones, a dar respuesta a las preguntas que se me formulaban, deseaba escribirlas con tinta de mi propio corazón. Intento titánico pues lejos de la escritura automática, mi razón me jugaba pasadas que pugnaban con mi subconsciente y decidí apaciguar la afrenta utilizando aquélla, pidiendo al Universo me ayudara en la conducción y plasmación de la “razón” de mi dirección inconsciente. No tardé demasiado en responder con la mejor intención y letra de que pude hacer gala.

Una vez terminado, recordé la desprovisión de los objetos metálicos y paseé por las afueras de la humildad; caminar por sus entrañas me resultaba demasiado grande a mi persona, aun debía trabajar mucho para siquiera entreabrir la verja que me diera paso. Tenía que aprender mucho para desaprender, entender el desapego, usar debidamente lo material. Sentí vergüenza por no saber alcanzar mejor un jardín que sabía hermoso estimando que de la mano de mis Hermanos, procuraría la luz que necesitaría.

Era plenamente consciente que una puerta se cerraba en mi etapa vivencial para dar paso a la apertura de otra u otras que desde luego sentía eran un continuo en mi evolución en este tempus fugit.

Tres viajes, tres elementos, un paseo por la terna cuerpo-mente-alma, utilidad ternaria que me permitirá avanzar en la comprensión del retorno de la dualidad al Uno. Simbología como método de superación de la limitación de la palabra en un recuerdo humilde de aquellas premisas del sofismo que ya anunciaron la limitación del lenguaje para hablar del ser. Dibujé una sonrisa al rememorar al tres veces grande Hermés de Trimesgisto, tal vez heredero del Imothep egipcio, Asclepio o Esculapio griego, traedor de la sabiduría aun entendida como inalcanzable, desde las escuelas iniciáticas egipcias, a través de la hermética. ¡ Cuántas señales dejadas por sabios y cuán afán de la ignorancia que hace presa de la humanidad ¡.

Desde luego pensé y sentí que evolucionar era ley natural y que desde mi capacidad debía retensar las bridas de mi caballo vital para una mejor y más correcta conducción en pos de este viaje fascinante que es, la VIDA.

He dicho.

H

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